La violencia de los poderosos abusando de los débiles es tan persistente y desde hace tanto tiempo que ya pasa desapercibida. Y cuando los débiles oprimidos se levantan, les dicen que son violentos, que lo podrían haber solucionado de otra manera!!!
La normalización de la opresión: un mecanismo de control silencioso
La opresión no surge de la nada; es el resultado de estructuras sociales, políticas y culturales que se construyen, se consolidan y, con el tiempo, se camuflan en la cotidianidad. Este proceso de normalización tiene varios mecanismos clave que permiten que la desigualdad y el abuso persistan sin ser cuestionados abiertamente.
Naturalización del poder: La opresión se normaliza cuando las jerarquías se presentan como algo «natural» o inevitable. Los poderosos justifican su posición como resultado de méritos, destino o incluso leyes divinas, mientras que los débiles son vistos como responsables de su propia situación. Este discurso perpetúa la idea de que el orden existente es inalterable, desincentivando cualquier cuestionamiento o rebelión.
Desensibilización colectiva: La exposición repetida a actos de violencia o injusticia puede llevar a la apatía. Cuando la opresión se convierte en algo habitual, las sociedades tienden a aceptarla como parte de la vida diaria. Los abusos dejan de generar indignación y pasan a ser ignorados o racionalizados, creando un terreno fértil para su perpetuación.
Control ideológico: Los medios de comunicación, la educación y las narrativas culturales juegan un papel crucial en moldear cómo las personas perciben la opresión. A menudo, estas herramientas son utilizadas por los poderosos para justificar el statu quo, promoviendo valores que legitiman la desigualdad y culpabilizando a los oprimidos por su situación. La narrativa dominante silencia otras perspectivas y refuerza la obediencia.
Fragmentación de los oprimidos: Una estrategia eficaz para mantener la opresión es dividir a quienes la sufren (vagos, planeros, jubilados sin aportes). Cuando las personas oprimidas no encuentran un sentido de comunidad o solidaridad, es más difícil que puedan organizarse para desafiar el sistema. Además, los prejuicios internos y las rivalidades fomentadas por los opresores fortalecen estas divisiones.
Ausencia de alternativas visibles: La normalización también se refuerza cuando no se presentan alternativas claras al sistema existente. Las personas oprimidas pueden resignarse a su situación al no ver un camino viable para el cambio. Esta desesperanza perpetúa la opresión, ya que elimina la motivación para luchar por algo diferente.
Rompiendo el ciclo de la normalización
Aunque la normalización de la opresión es un proceso insidioso, no es irreversible. La conciencia crítica, el acceso a la educación y la organización colectiva son herramientas poderosas para desenmascarar estas dinámicas y empoderar a los oprimidos. La historia está llena de ejemplos de movimientos sociales que han logrado romper ciclos de opresión y construir un nuevo sentido de justicia y dignidad.
En última instancia, entender y comprender cómo se normaliza la opresión es el primer paso para desafiarla.
Cuando los oprimidos se rebelan: el estigma de la violencia
A lo largo de la historia, los momentos de rebelión de los pueblos oprimidos han sido fundamentales para desafiar sistemas de injusticia profundamente arraigados. Sin embargo, estas rebeliones casi siempre enfrentan un obstáculo adicional: el estigma de la violencia que se les atribuye, con frecuencia usado como herramienta para desacreditarlos y sofocar su causa.
- El doble estándar de la violencia: Cuando los poderosos recurren a la violencia para mantener el control, esta se racionaliza bajo el pretexto de «seguridad», «orden», «Libre tránsito» o «defensa de la estabilidad». En cambio, cuando los afectados por los ajustes se levantan y actúan para reclamar derechos básicos, cualquier acto de resistencia se define automáticamente como una amenaza violenta. Este doble estándar perpetúa la narrativa de que los poderosos tienen la legitimidad para usar la fuerza, y la represión, mientras que los débiles no tienen derecho a rebelarse y/o expresarse.
- La narrativa del «peligro» social: Los movimientos de resistencia suelen ser presentados como caóticos, desestabilizadores o incluso terroristas. A través de estas etiquetas, los afectados por polítcas de extrema derecha son deshumanizados y sus demandas legítimas son eclipsadas por la preocupación por su supuesto peligro. Esta narrativa desvía la atención del contexto real de opresión y convierte la lucha por justicia en una cuestión de «controlar a los violentos».
- La criminalización de la resistencia: Los actos de protesta, incluso pacíficos, son reprimidos con fuerza desproporcionada (gases, escopetas, camiones hidrantes) y se convierten en actos punibles. Los líderes y participantes de los movimientos suelen ser encarcelados, acosados o eliminados bajo la acusación de fomentar el caos. Esta criminalización no solo limita la acción inmediata, sino que también busca desmovilizar futuros levantamientos.
- La perpetuación del estigma: La violencia atribuida a los sectores perjudicados de siempre (jubilaciones, educación, salud, ciencia y tecnología, artes) tiende a ser exagerada o manipulada por quienes controlan los medios de comunicación. Al monopolizar la narrativa, los poderosos buscan consolidar su posición y justificar acciones represivas. Esto perpetúa la idea de que las rebeliones siempre son destructivas, cuando en realidad son respuestas a años de violencia estructural.
Resistencia frente al estigma
A pesar de estas tácticas, los movimientos de resistencia han demostrado que la lucha puede trascender el estigma de la violencia. Es crucial para los oprimidos adoptar estrategias que revelen la violencia sistémica a la que han sido sometidos y que desarmen las narrativas impuestas por los poderosos. La resistencia pacífica, el uso de la comunicación transparente y la construcción de alianzas globales son herramientas clave para contrarrestar este estigma.
En última instancia, la verdadera pregunta no debería ser por qué los oprimidos se rebelan, sino por qué se les obliga a hacerlo. La violencia no comienza en la rebelión; ya existía en la opresión que la originó. Cambiar esta perspectiva es esencial para construir un mundo donde la lucha por justicia no sea vista como una amenaza, sino como una afirmación legítima de dignidad.
A partir del 10 de diciembre del año 2023, la Argentina sufrió los actos más violentos de los úñtimos 40 años. A saber: Violencia verbal (milei), violencia física (bullrich), violencia económica (caputo), violencia jurídica (corte suprema), violencia, siempre violencia.