Estamos contemplando el final de la vida y el inicio de la supervivencia.
¿Qué onda si pensamos un poco?
Te propongo algo simple: frenar un segundo y mirar dónde estamos parados como humanidad. No desde el miedo, sino desde la honestidad. Nuestro modo de vivir nos llevó a un punto crítico: agotamos recursos, alteramos el equilibrio del planeta y empujamos a la vida —esa vida plena que debería ser un derecho— hacia algo mucho más frágil y básico: la mera supervivencia.
Y cuando hablamos del “fin de la vida como la conocemos”, no es solo el ambiente o las especies que desaparecen. También hablamos de lo que se va apagando adentro nuestro: la conexión con la naturaleza, la solidaridad entre las personas, la idea de que estamos acá para algo más grande que nosotros mismos. En su lugar aparece un mundo donde sobrevivir parece más importante que vivir, donde el instinto le gana a la reflexión y donde el miedo reemplaza a la esperanza.
Pero este panorama no es una sentencia. No está escrito en piedra. Mirarlo de frente no es para desesperarnos, sino para despertarnos. Es una invitación urgente a revisar nuestras prioridades, a repensar nuestro rol en el mundo y a imaginar un futuro donde la vida vuelva a tener sentido, belleza y dignidad.
Sí, el desafío es enorme. Pero también lo es nuestra capacidad para cambiar, crear, adaptarnos y reinventarnos. La historia humana está llena de momentos en los que parecía que todo estaba perdido… hasta que no lo estuvo.
Quizás este sea uno de esos momentos. Una oportunidad para dejar atrás prácticas que ya no funcionan y abrazar formas de vivir que respeten el equilibrio del planeta y la dignidad de todas las formas de vida. El final de una etapa no tiene por qué ser el final de todo. Puede ser el comienzo de algo distinto: una nueva conciencia, un renacimiento.
Depende de nosotros elegir qué camino tomar.