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Cuando la ignorancia no es un accidente, sino un producto.

Hay una palabra poco conocida que explica mucho de lo que vivimos todos los días: agnotología. Suena rara, pero la idea es simple. La inventó Robert Proctor, un historiador de Stanford, para describir algo que pasa más seguido de lo que creemos: la ignorancia no aparece sola; muchas veces se fabrica.

Proctor estudia cómo ciertos poderes —militares, judiciales, políticos, empresariales— generan confusión a propósito. No por error, sino como estrategia. ¿Cómo? Ocultando información, sembrando dudas, instalando debates falsos o desviando la atención.

Un ejemplo claro es el del cambio climático o la teoría de la evolución. Son hechos científicos, comprobados una y mil veces. Sin embargo, todavía hay grupos que los ponen en duda. ¿Por qué? Porque durante décadas hubo campañas organizadas para generar confusión. La industria tabacalera fue pionera en esto: cuando se demostró que fumar hacía daño, su respuesta no fue negar directamente, sino sembrar dudas, instalar “otras versiones”, confundir.

Esa misma lógica se trasladó a la política.

En vez de discutir hechos, se discuten sensaciones. En vez de debatir datos, se discuten relatos. Y así aparecen lo que Proctor llama “armas de distracción masiva”, que buscan dos cosas muy concretas:

  • Hacer que la gente desconfíe de cualquier fuente, incluso de las más serias.

  • Negar hechos comprobables, como si todo fuera opinable.

Cuando estas dos estrategias se combinan, el resultado es devastador: se fabrica ignorancia. Una ignorancia que no es ingenua ni espontánea, sino intencional. Y cuando esa ignorancia se instala, aparece la famosa posverdad, donde lo que importa no es lo que es real, sino lo que “parece” real.

Proctor lo resume con una frase que duele por lo cierta: “La ignorancia es poder… y la agnotología es la creación deliberada de ignorancia.”

Entender esto no es un ejercicio académico. Es una herramienta para defendernos. Porque cuando sabemos que la confusión puede ser fabricada, dejamos de ser víctimas pasivas y empezamos a recuperar algo esencial: criterio propio.